
Era Milton Friedman, uno de los popes liberales, el que afirmaba que la Gran Depresión se hubiera evitado si se hubiera actuado con una política monetaria lo suficientemente agresiva. Hablando en plata, con una bajada agresiva de los tipos de interés, primero, e inyectando dinero público en el sistema financiero a través de los bancos.
La mención de Friedman puede parecer un síntoma más de la arrogancia intelectual que han venido mostrando los representantes del pensamiento único, pero en el fondo hay cierto complejo de inferioridad en ese ataque de celos ante el éxito del keynesianismo como vía para salir de una depresión. Los ultraliberales parecen decir: “si nos hubieran dado manos libres en 1929, hubiéramos salido adelante sin pagar la factura de ningún New Deal”. Por suerte para los estadounidenses de entreguerras, la frase ya sólo es una posibilidad mental para los aficionados a las realidades alternativas.
No hay color cuando se compara el acabado de las teorías ultraliberal y keynesiana. La eficacia de las teorías del estímulo público de la economía se verificó experimentalmente a gran escala, tanto en los años 30 como en los planes de recuperación europea de la postguerra. El ultraliberalismo, por el contrario, tiene más de creencia que de ciencia social: si aceptamos sus dogmas y patadas a las leyes de la causalidad, ofrece a cambio una promesa de prosperidad sin límite. Sin embargo, lo más científico de la teoría liberal es precisamente la constatación estadística de su carácter cíclico, y la inviabilidad del mito del crecimiento indefinido.
Por otro lado, el ultraliberalismo parece concebido para otro planeta, u otra época, ya que requiere como condición necesaria para su despliegue la supresión previa de los estados y las regulaciones –con la honrosa excepción de las fuerzas del orden. Cualquier fracaso práctico se achaca a la presencia distorsionadora de lo público, por muy residual que sea.
Mientras llega ese mundo hipotético, el ultraliberalismo es, en el mejor de los casos, un artefacto bastante disfuncional para estos tiempos. Keynes añadió de propina a su teoría una explicación sobre la inutilidad de la receta ultraliberal en la situación excepcional de una depresión. Se trata de la trampa de liquidez, que está verificándose de nuevo en esta recesión: dada una situación de desconfianza total entre los actores económicos, y con unos tipos de interés lo bastante bajos como los actuales, el efecto combinado del miedo al futuro y la falta de expectativas de ganancia provoca que cualquier aumento en la masa de dinero sea retenido y atesorado por sus poseedores, a la espera de tiempos mejores.
La cicatería crediticia de la banca española durante estos meses es un ejemplo de manual, pero no el único. Los ultraliberales presentan un tic recurrente, una especie de piedra filosofal a la que siempre vuelven, haga sol o truene: la afición a relajar las políticas fiscales y reducir impuestos –ojo, sólo los directos, los indirectos no deben ser tales impuestos a juzgar por el entusiasmo e imaginación con que los aplican los gobernantes liberales– para no dejar tirados a esos sufridos ciudadanos obligados a pagar el tipo máximo del 43% .
Cuando Pizarro decía que el dinero, donde mejor está es en el bolsillo de la gente, estaba abundando en esa fijación. No cabría esperar otra cosa de alguien para quien una bajada de un punto en el tipo marginal se traduciría en un flujo de miles de euros directos a su bolsillo. Al menos se agradece la claridad. Ya es más desconcertante que los responsables de un gobierno socialista se dejen seducir por un mito polvoriento y gasten recursos públicos en poner en el bolsillo de los contribuyentes 400 euros que no van suponer ninguna diferencia para una economía doméstica, y que comprometen fondos que serán necesarios en algún momento de ese porvenir nebuloso que nos espera.
La paradoja de la liquidez se resume en una doble constatación: en una fase de recesión, el ahorro crece. Como hemos visto, los ciudadanos desconfían de su futuro personal y todo el que puede hace sus provisiones de fondos; se trata de un comportamiento casi atávico, que se observa incluso en funcionarios con el sueldo asegurado. Pero al mismo tiempo, en una economía basada en la demanda hay pocos lugares más absurdos para el dinero que el bolsillo de los ciudadanos, donde no se traduce en consumo ni en inversión, simplemente se esconde temeroso debajo de una baldosa o la caja de seguridad de un banco –aún hay clases- mientras es devorado lentamente por la inflación.
Los responsables de economía del PP adolecen de una profunda pereza intelectual a la hora de construir una alternativa. Después de descalificar en bloque las medidas del Gobierno –a las que se puede acusar de timidez y tardanza, pero no de estar dentro del consenso europeo de iniciativas ante la crisis, lo que tampoco es necesariamente una garantía- uno esperaría quedar sorprendido por una reformulación totalmente novedosa de la política económica.
Nada más lejos de las expectativas. Aparte de desafiar la incredulidad de los ciudadanos con medidas para reducir el tamaño de las burocracias y mejorar su eficiencia, como si cualquier partido gobernante en cualquier nivel de la administración española no hubiera mantenido la inercia contraria desde hace 25 años, el mantra habitual de la derecha es prometer una reducción de impuestos –esos, los directos- y cotizaciones sociales en todas sus variantes. En algunos casos se ha propuesto y dispuesto la supresión directa de alguno de ellos, como el de sucesiones, sin atender a criterios de proporcionalidad. En otros casos, el político que debería implementar las rebajas ya va demasiado justo de líquido como para andar otorgando semejantes gracias, algo que pueden constatar los vecinos de Madrid.
Como las necesidades de los ciudadanos no se pueden recortar por decreto en la misma medida que los impuestos, la previsible caída en la recaudación tendría dos posibles vías de salida: la degradación o eliminación de prestaciones, o incurrir en mayores déficits públicos. Un ayuntamiento endeudado puede probar a recurrir a su comunidad autónoma, y ésta a la Administración central, pero en última instancia todos ellos echan mano a la bolsa común de los impuestos de los ciudadanos. La capacidad de endeudamiento de un estado queda limitada por la normativa europea y, en último término, por las costuras de la contabilidad.
Y todo ese sufrimiento social, a cambio de bien poco. Según afirmaba la ortodoxia hasta hace unos días, un mayor nivel de renta disponible debería reiniciar automáticamente el círculo virtuoso del consumo y la inversión, pero las cosas son algo más difusas fuera del universo de las verdades absolutas ultraliberales. La gente busca certezas, pero tras la demolición del paradigma dominante, quedan pocas en pie. Intuimos que la superación de la crisis tiene más que ver con la renovación del liderazgo internacional, la reconstrucción de la confianza de empresas y ciudadanos en las economías avanzadas, la lucha contra las bolsas de corrupción, el saneamiento y supervisión estrecha de un sistema financiero fuera de control, la adopción de firmes políticas públicas cuando la iniciativa privada ni está ni se le espera, incluso el diseño de nuevos modos de producción y nuevas relaciones económicas mundiales… una colosal agenda de complejos desafíos y delicados equilibrios sobre la que no se pronuncia un PP ensimismado en la nostalgia de las sencillas recetas de las reaganomics.
Como si el último año no hubiera tenido lugar, como si los neocon estadounidenses no se hubieran despedido con el mayor plan de rescate con dinero público de la historia, como si Friedman, y no Keynes, hubiera dado con la tecla cuando su mundo se resquebrajaba, el PP, con la excepción de algún outsider ilustrado, permanece impávido y desfasado en su aldea gala, ajeno a un mundo que ya ha doblado la esquina hacia un cambio de época.
